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Agustinos
de la Asunción




Editorial AA Info Abril 2018 - N�� 04

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2018-11-13 - Roma

Ahora que estamos inmersos en la luz radiante de la tumba abierta de Jesucristo, deseo reflexionar con vosotros sobre lo que caracteriza al religioso de hoy en el mundo. Sabemos qué son los héroes. Esmaltan las historias fundacionales de nuestros pueblos y naciones. Todos tenemos en nuestro corazón algún héroe que apreciamos. De niños, el aprendizaje de la historia de Francia se asentaba en figuras casi míticas de hombres providenciales, más raramente mujeres, con la notable excepción de Juana de Arco. Las vidas de hombres ilustres reforzaban la idea de que había seres excepcionales que hicieron historia. Entre estas figuras destacaba el héroe. El héroe es un ser que da todo lo que tiene para ser fiel a su ideal. El término héroe no está directamente relacionado con la tradición cristiana, la Iglesia prefiere el término mártir. Sin embargo, hablamos de la heroicidad de las virtudes.

¿Qué significa eso? Es el reconocimiento oficial de que el bautizado ha vivido con intensidad las virtudes cardinales de la fe, la esperanza y la caridad. Sabemos que el Padre Manuel d'Alzon fue declarado Venerable al ser reconocida la heroicidad de sus virtudes. Pero, ¿qué significa la heroicidad para un religioso de hoy que vive en el Congo, en Chile o en cualquier otro lugar? Sería un error creer que la heroicidad está reservado a personas excepcionales, a seres con cualidades superiores. Hay que volver a la concepción correcta y vivir la heroicidad en lo cotidiano. Dios no nos pide lo imposible. Nos acompaña día tras día y nos ayuda a ser fieles ante todo en las cosas pequeñas. Recuerdo una entrevista que tuve con Dom Denis Huerre cuando era postulante. Él fue abad del monasterio de la Pierre-qui-Vire, una abadía benedictina francesa. Sirvió durante muchos años como abad presidente de su congregación monástica. Este hombre me impresionó por la calidad de su trayectoria religiosa y especialmente por la sabiduría que emanaba de su persona. Le hice una pregunta sobre los ermitaños, religiosos que piden vivir solos y se alejan de la vida comunitaria en busca de lo absoluto. Aunque la historia es antigua -casi 30 años- todavía recuerdo su respuesta: «el verdadero ermitaño es aquel que vive la Regla en su sencillez en el monasterio sin llamar la atención». Dom Huerre señalaba así lo esencial: en la fidelidad a nuestro compromiso es como podemos llegar a ser santos. En definitiva, el verdadero héroe es aquel que cumple día tras día las humildes tareas de su misión. La vida cristiana es un camino heroico en la medida en que vivimos con alegría y de corazón el compromiso que contrajimos en nuestra profesión perpetua.

Desde que viajo por el mundo para encontrarme con mis hermanos asuncionistas, estoy cada vez más convencido de que debemos vivir la heroicidad a diario. Esto significa ante todo vivir la Regla de Vida en su integridad. Siempre me entristece constatar que la fidelidad a la oración diaria, a la recitación del Oficio en comunidad, a la práctica del retiro anual a veces es contestada por algunos. Olvidar la promesa hecha en la profesión es un camino de perdición. Está la vida de oración, pero también la construcción de la fraternidad. «Una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios», dice san Agustín. Heroicidad del amor es aceptar al hermano tal como es y hacer camino con él a pesar de sus debilidades. No idealicemos la figura del héroe, porque eso nos llevaría a excluir la posibilidad de llegar a ser nosotros mismos como él. La fuerza que emana de la Resurrección de Cristo nos lleva por otro camino: el camino donde todo se hace posible gracias a la presencia de Jesús en nosotros. La heroicidad del religioso es ante todo vivir intensamente en la fe, la esperanza y la caridad. No se trata de hacernos sobrehumanos, sino hijos de Dios.