OK Su questo sito NON utilizziamo cookie di profilazione di terze parti. Se vuoi saperne di più o prestare il consenso solo ad alcuni utilizzi clicca qui. Cliccando sul pulsante OK, o continuando la navigazione effettuando un'azione di scroll, presti il consenso all'uso di tutti i cookie.

¿Quieres ser asuncionista?

Agustinos
de la Asunción




Editorial AA Info octubre 2017 n�� 02

497_big.jpg

2018-11-13 - Roma

No sé si conocéis la divisa de Carlos V, rey de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1500-1558), probablemente el monarca cristiano más poderoso de su tiempo. Os lo cito en latín: «Plus ultra». Podemos traducirlo a nuestras lenguas contemporáneas como «más allá», «más lejos» o «siempre a mejor». La ambición de Carlos V era la de un conquistador que soñaba con ampliar sus dominios, asentar su linaje e imponer su ley en todo el mundo conocido. Era un rudo guerrero y sus conquistas fueron numerosas. Tenía derecho de vida y de muerte en toda la extensión de un imperio «en el que nunca se ponía el sol» que se extendía de Asia a América del Sur, de Madrid a Santiago de Chile, de Manila a México.

Como tantas aventuras humanas caracterizadas por el orgullo y la desmesura, su imperio se derrumbó después de su muerte.

¿Por qué hablo de un rey tan lejano y tan poco conocido hoy? Quisiera que retomemos su lema para realizarlo tras el 33º Capítulo General. Por supuesto, no por ambición guerrera sino por dinamismo evangélico. Cuando Jesús nos dice: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15) yo veo ahí una versión cristiana de la ambición puramente humana y conquistadora de Carlos V. El Capítulo General nos ha entregado textos para aplicar. Tenemos ante nosotros seis años para ponerlos en práctica, para concretarlos, para vivirlos en el día a día. La urgencia del Reino nos impulsa a no diferir constantemente la ejecución de las decisiones. Por esperar demasiado, corremos el riesgo de no hacer nada… cuando los retos para el porvenir del mundo son colosales. La búsqueda de la unidad es una prioridad absoluta. Demasiados conflictos, demasiadas divisiones entorpecen la paz y el desarrollo legítimo de los pueblos. Es vocación del cristiano promover la fraternidad. Comenzando por un esfuerzo consecuente a nivel de la vida comunitaria. A este respecto, las comunidades internacionales han de ser ejemplares. Podemos ir más lejos… Pero la vida religiosa no es autorreferencial, como dice a menudo el papa Francisco. Ha de vivirse «en salida al mundo».

Tenemos combates, luchas que librar por la dignidad de los hombres y las mujeres de hoy. La prioridad que el Capítulo General ha otorgado a la educación nos recuerda la urgencia de un compromiso en pro de una formación humana y cristiana de las generaciones jóvenes. Retomemos la ambición educativa que tenía el Padre Manuel d’Alzon. Ir más lejos es también trabajar por la salvaguarda de la Creación. Nuestra casa común está en peligro y podemos involucrarnos en la defensa de la naturaleza. Veamos en comunidad qué podemos hacer concretamente.

Pero probablemente lo más importante es ir a más en la fe, la esperanza y la caridad. No soy elitista. Pienso que la vida cristiana es posible para todos. No suscribo la visión pelagiana de la salvación que reservaba el Evangelio sólo para los mejores elementos de la humanidad. Dios ofrece su salvación a todos. Pero a Dios no le agrada la mediocridad de quienes han elegido seguir a Cristo. La Asunción no puede contentarse con ser mediocre, una medianía, porque entonces sería insignificante. Sal sin sabor, lámpara sin resplandor. Georges Bernanos, autor francés de la primera parte del s. XX, escribía: «La gran desgracia de este mundo, la gran pena de este mundo, no es que haya impíos, sino que nosotros seamos cristianos tan mediocres». Comparto esta opinión y hago un llamamiento a toda la Congregación a que cada uno se implique en la búsqueda de una mayor fidelidad al Evangelio. No podemos lamentarnos por la decadencia de nuestra época sin un renovado arranque de acción en este mundo. Avancemos, que el Reino no espera.