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Agustinos
de la Asunción




Editorial AA Info julio 2016 n�� 21

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2016-07-13 - Roma

Un fuego sobre la tierra

Ahora que estamos en la fase preparatoria de los Capítulos Provinciales y del Capítulo General de 2017, me parece oportuno estimular al conjunto de la congregación a una amplia reflexión acerca de nuestra ambición apostólica. El espíritu de la Asunción sigue siendo nuestra brújula para elegir la misión que hemos de desempeñar en el mundo de hoy Es pues importante volver a las fuentes para señalar las opciones que habremos de hacer en nuestras asambleas capitulares.

Manuel d’Alzon nos recuerda en el Directorio que «si la existencia de nuestra familia, por modesta que pueda ser, es, como debéis creerlo, querida por Dios, debe ella tener su propia finalidad y tender hacia ese fin»1. Es bueno recordar el pensamiento de nuestro fundador para buscar cómo llevarlo a la práctica hoy. La Asunción es querida por Dios. Esto significa, como repito a tiempo y a destiempo, que tenemos aún un papel que desempeñar por el crecimiento del Evangelio. Para ello hay que luchar contra las tendencias mundanas que nos hacen ver la realidad actual como profundamente desesperanzada. Dios continúa amando a nuestra tierra y quiere la salvación de todos. A esto nos hemos de aplicar con todas nuestras fuerzas, de todo corazón. Le salvación del mundo es nuestra prioridad apostólica. Manuel d’Alzon hablaba de la venida del Reino a nosotros y a nuestro alrededor. Somos misioneros del Reino de Dios. Nuestro fundador se dejaba guiar por la palabra de Jesús en Lucas 12, 49: «He venido a prender fuego en el mundo ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». Tenemos en nosotros un fuego devorador, y queremos propagarlo en el mundo.

A veces, cuando visito las comunidades, trato de detectar ese fuego que debe inflamar el corazón de los asuncionistas. En algunos hermanos es evidente: el celo, la generosidad, la abnegación se dan cita en su vida y fluye de estos religiosos una irradiación gozosa desvelando la proximidad del Reino de Dios. En otros, hay que buscar para identificar la llama apostólica. Y a veces, por último, me siento decepcionado de no percibir ese dinamismo evangélico. Cuando hago la pregunta, para mí determinante: «¿cuál es tu ambición apostólica?», me sorprende oír a algunos afirmar sin inmutarse que es hacer estudios…; no podemos aceptar esto. Pensaba en lo que escribía San Francisco Javier desde la India a San Ignacio: «Hay aquí multitudes que no pueden llegar a ser cristianos por falta de hombres que se dedican a la tarea de instruirles. Muy a menudo me vienen ganas de bajar a las universidades de Europa (…) y gritar alto (…) a quienes no tienen  más ciencia que deseo de emplearla con provecho.»2 La ambición de la Asunción se resume en una frase cuya formulación es ciertamente anticuada, pero cuya realidad sigue siendo actual: «el celo por la salvación de las almas ». Somos misioneros de la salvación. Dios  sigue buscando por medio de nosotros salvar a todos los hombres. Nuestro mundo tiene hambre y sed de sentido. Nos enfrentamos a una crisis de refugiados sin precedentes, la pobreza es aún una realidad cotidiana para gran parte de la humanidad, la soledad abruma a buen número de nuestros contemporáneos… ¿No es urgente comprometerse?

Estoy seguro de que la Asunción puede movilizar su energía por una gran ambición. Hay que ver «grande y lejos». Después del último Consejo General Plenario celebrado en Pinhal en casa de nuestros hermanos de Brasil, he regresado confiado: estamos listos para movilizarnos por la extensión del Reino de Dios.