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Agustinos
de la Asunción




Editorial AA Info

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2016-04-20 - Roma

Una vida entregada

El Padre Vincent Machozi ha sido odiosamente asesinado el Domingo de Ramos. La muerte parece triunfar. Estamos todos doloridos, aterrados por este acontecimiento (Ver pág. 28). ¿Qué significa este encadenamiento de  matanzas, de muertes, de violencia? La Asunción ha pagado ya un oneroso tributo a la inseguridad que siembra el terror en Kivu Norte. No olvidemos a nuestros tres hermanos desaparecidos desde hace más de tres años. Nuestra Congregación es solidaria de las poblaciones de Kivu Norte y nuestros hermanos continúan como pueden su delicada misión sin bajar los brazos. Es nuestra manera de responder a los odiosos atentados que aterrorizan al pueblo Nande, la etnia mayoritaria en la región de Kivu Norte.

El Asuncionista en un hombre solidario de los pobres y de los débiles. Esta solidaridad no es una palabra hueca. También tiene un coste, no lo olvidemos. Pero el Asuncionista es también un hombre de diálogo. No nos anima un espíritu de venganza, sino de justicia. Reclamamos que se haga la verdad sobre las matanzas y pedimos que el derecho triunfe. Hay que hacer cesar la indiferencia cómplice. En todas partes en el mundo tenemos un deber de vigilancia para defender la causa de los pequeños y de los débiles. A veces nos dormimos en un confort cómplice y olvidamos que nuestra vida debe ser entregada por el Reino. El religioso, como todo cristiano, se apoya en la Bienaventuranzas, y entre ellas una retiene mi atención en estos días de sufrimiento: dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Hay en nuestra familia religiosa muchos hermanos que ponen toda su energía en el servicio a los demás para que les sea restituida su dignidad. Son la honra de la Congregación. La coincidencia de la muerte de Vincent Machozi con la entrada en la Semana Santa nos ha recordado que el criado no es más que su amo. Estamos expuestos porque nuestra fe incomoda a las fuerzas del mal que quieren dominar al mundo. Pero nosotros sabemos que no tendrán la última palabra. Hay en el cristianismo una certeza mayor: la vida es más fuerte que la muerte. La Resurrección del Señor nos recuerda que estamos vinculados a su misterio de muerte y de vida. Cada vez que celebramos la Eucaristía hacemos memoria de ello. Que nuestras vidas se transformen en una ofrenda viva de alabanza a la gloria de Dios. Por tanto, hemos de asumir la muerte para conocer la resurrección. En la palabra «resurrección» está el verbo «levantarse» en el sentido revolucionario de «resistir». El poder de la resurrección no es, pues, para mañana sino para hoy: en el contexto de violencia en el que vivimos, no dejemos vencer a la muerte; al contrario, alcémonos para decir con San Juan: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos.»
Cristo ha resucitado.

 

AA Info Abril 2016