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Agustinos
de la Asunción




Los Asuncionistas búlgaros ejecutados en 1952: Mártires de la fe

El 11 de noviembre de 1952, a las 23h30, eran fusilados en la prisión central de la ciudad de Sofía, capital de Bulgaria, tres religiosos asuncionistas búlgaros, los Padres Kamen Vitchev, Pavel Djidjov y Josafat Chichkov. Al mismo tiempo que ellos, era también fusilado un obispo búlgaro, Eugenio Bossilkov, pasionista. Era la ejecución de una sentencia dictada el 3 de octubre, condenando a muerte a los cuatro en un proceso totalmente amañado para acusarlos de espionaje a favor del Vaticano, de tentativa de complot y de estar al servicio del capitalismo.

Mons. Eugenio Bossilkov fue beatificado por el Papa Juan Pablo II en Roma, el 15 de marzo de 1998. El proceso de beatificación de los tres Padres asuncionistas no se introdujo al mismo tiempo que el de su obispo: no había que perjudicar a los otros quince religiosos asuncionistas búlgaros que también habían sido encarcelados o que ejercían aún el ministerio, muy estrechamente vigilados por la policía política del régimen comunista búlgaro a las órdenes de Moscú.

Durante muchos años reinó la incertidumbre sobre la fecha de su ejecución, pues los archivos del Ministerio búlgaro del Interior no se han podido consultar hasta después de la caída de los regímenes comunistas de los países satélites de la ex-Unión Soviética. No se han encontrado los cuerpos de los cuatro mártires de la fe. Fueron enterrados en una fosa común.

Innumerables testimonios dan fe del martirio y de la santidad de estos hombres de Dios. El 11 de noviembre de 2000, en Plovdiv, los antiguos alumnos del Colegio San Agustín, que fue el gran colegio asuncionista de esta ciudad, erigieron un monumento en memoria de su martirio, con la ayuda del municipio. Unos profesionales, Marie-Ange y Claude Sauvageot, han realizado un film, Un pueblo crucificado (‘le Balkan crucifié’). Es un documento especialmente sobrecogedor, producido tras una investigación minuciosa llevada a cabo en Bulgaria en los lugares mismos de la detención y del proceso a los religiosos y gracias al testimonio de los supervivientes de la persecución.

Para comprender hoy lo que sucedió en 1952, hay que ir más atrás en la historia poco conocida de Bulgaria, conocer el cristianismo búlgaro, los motivos de la presencia asuncionista en este país desde 1863 y a estos tres mártires asuncionistas que dieron su vida a causa de su fe en Dios en una noche de noviembre de 1952.

El Padre Josaphat CHICHKOV , el de más edad de los tres (nacido en 1884), ha sido durante mucho tiempo profesor y educador de jóvenes aspirantes al sacerdocio. Era un hombre sencillo, especialmente eficaz con los alumnos que tenían dificultades; y un tecnófilo, que para su ministerio echaba mano de las herramientas “modernas” apenas se inventaban (máquinas de escribir de caracteres cirílicos, cámaras de cine y gramófonos). Acusado de espiar a favor del Vaticano y de las potencias occidentales, fue en realidad “culpable” de ser un buen educador y muy popular, y un pastor afectuoso.

El Padre Kamen VITCHEN  (nacido en 1893), tal vez el más conocido de los tres, fue profesor, un erudito, y un líder. Cuando lo arrestaron en diciembre de 1951, era Vicario Provincial de los Asuncionistas de Bulgaria. Había sido profesor en el seminario asuncionista de Estambul y durante mucho más tiempo, en el colegio de San Agustín de Plovdiv . Era muy conocido en Bulgaria como experto profesor, predicador de la fe y muy activo en toda relación ecuménica entre las Iglesias. Escribía regularmente en la revista asuncionista de estudios teológicos orientales “Ecos de Oriente”, y fomentaba las buenas relaciones con el clero ortodoxo de Plovdiv, al que acogía frecuentemente la comunidad. Sus artículos versaban sobre temas especializados de Derecho Canónico Ortodoxo, y también sobre acontecimientos destacables en las Iglesias católica y ortodoxa, o eran reflexiones sobre la vida del cristiano en el mundo. Es indudable que la difusión de su pensamiento sobre el valor de la visión cristiana de la vida frente a la que tenían las doctrinas ateas y materialistas dominantes no le granjeó el aprecio del régimen. Se hizo “culpable” de ser un distinguido intelectual y educador, y un apasionado de la causa de la unidad entre la Iglesia Oriental y la Iglesia Latina. Él mismo había sido ordenado sacerdote en el rito Bizantino.

El Padre Pavel DJIDJOV  era el más joven de los tres (nacido en 1919). Buen atleta, hombre práctico, con estudios de Economía, se le confió la gestión financiera de la misión asuncionista de Bulgaria, pero volcó lo mejor de sus energías en la educación de la juventud. Durante sus años de profesor en la escuela asuncionista de Varna, en el Mar Negro, se hizo notar por su postura nada ambigua respecto del Partido en Bulgaria. Se hizo “culpable” de defender la libertad religiosa frente a un régimen totalitario; era muy querido de sus alumnos y firme en su lealtad hacia la Iglesia.
Los tres fueron fusilados por un piquete de ejecución en la prisión central de Sofía, Bulgaria, la noche del 11 al 12 de noviembre de 1952. Habían dedicado generosamente su vida al servicio de su pueblo y a la causa del Reino de Dios. El Padre Pavel escribió sólo unas semanas antes de ser arrestado: ”Un sacerdote diocesano ha sido condenado a muerte, otro a veinte años de cárcel, otros dos van a ser juzgados pronto. Estamos esperando nuestro turno… ¡Que se haga la voluntad de Dios!”

El día, 23 de abril de 2002, el Santo Padre Papa Juan Pablo II declaró tres hermanos nuestros Mártires de la fe: Kamen Vitchev, Pavel Djidjov and Josaphat Chichkov.
Fueron beatificados por el Papa Juan Pablo II el domingo, 26 de mayo de 2002, en la plaza mayor de la ciudad de Plovdiv, Bulgaria.

Festividad de los Mártires Asuncionistas búlgaros, el 13 de noviembre.

En memoria de ellos

Carlos Antonio Di Pietro y Raúl Eduardo Rodríguez, religiosos asuncionistas desaparecidos el 4 de junio de 1976.

OFRENDA Y MEMORIA
Al escribir estas páginas sobre Carlos Antonio y Raúl, nuestros hermanos desaparecidos el 4 de junio de 1976, me mueve el deseo vehemente de que guardemos su memoria. Así lo hicieron en el pasado los que redactaron las "actas de los mártires" de la Iglesia, celebrando la vida de Jesús en ellos.
Es la memoria que los mantiene presentes y vivos para la vida de quienes celebramos su Paso. Sin esta memoria nos moriríamos nosotros, aunque ellos vivan gracias a la memoria del Cristo al que están unidos en la muerte y la resurrección que esperan.
Escribir estas páginas constituye un privilegio que no puedo negarme. Me lo otorga la cercanía desde la cual viví los hechos que voy a evocar. Pero es un privilegio que implica responsabilidad. La responsabilidad de trasmitir con fidelidad mi testimonio a otros hermanos.
Han pasado veinte años. Veinte años después de los cuales sigue sorprendiéndonos la densidad de lo acontecido. Veinte años en los cuales se pensó a veces que la media palabra era la forma de protegerse de más heridas. Pero es tiempo de ofrecer este testimonio, porque hay motivos para hacerlo.
Hacer memoria de aquellos que dieron su vida es seguir entregando, con ellos, esa vida que ofrendaron unida a la de Cristo, con el que se identificaron totalmente. El martirio es acabamiento de la configuración bautismal con el Cristo muriente y resucitante.
A los bautizados, Jesucristo nos ha dejado la Eucaristía para que hagamos memoria de Él: "Hagan esto en memoria mía", y para que al hacerla se despliegue toda la gracia del Bautismo. No se trata de una simple invitación a repetir el rito; lo repetimos, pero más allá del gesto ritual está la realidad evocada en el rito que obtiene de ella su sentido. Se trata, por eso, de una invitación a actuar como Jesús, entregando la vida de uno mismo junto con Él, que entrega la suya: "Hagan esto que Yo hago; es decir, la entrega de su propia vida. La Resurrección y la Venida del Señor están así siendo participadas por el cristiano que da su vida como Jesús.
Sin esta entrega del cristiano que intenta celebrarla, la Eucaristía -en cuanto participación del cristiano en el misterio de Cristo- es falsificación de lo que Cristo realizó. Y se troncha, sin fruto, la gracia del Bautismo. La memoria debida a Cristo es también memoria del mártir y de todo aquél que en la muerte se configuró con Él.
A quienes lean las páginas que siguen, quiero decirles una palabra de sinceridad y de afecto: Las escribo mirando al Cristo de la Cruz, y lo hago con la esperanza del amor y del perdón. Del amor que busca la verdad, pero que está siempre abierto al perdón del error y del pecado que acompañan la vida de los hombres. Aun de aquellos de quienes recibimos dolor. Carlos Antonio y Raúl nos dejaron de ello un testimonio vivo.

P. Roberto Favre, A.A.

El texto se encuentra disponible en español