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Agustinos
de la Asunción




Caminante no hay camino, se hace camino al andar

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2018-01-05 - Roma

"Caminante no hay camino, se hace camino al andar"

(Citación de un poema de Antonio Machado, "Caminante no hay camino")

Carta Nº 5 a la Congregación, sobre la aplicación del 33º Capítulo General

Queridos hermanos, queridos amigos de la Asunción,

El 33º Capítulo General se va alejando poco a poco, pues hace ya siete meses que lo celebramos. Escribo esta carta para ayudarnos a relanzar nuestra marcha. Estamos en el inicio del camino y tenemos seis años por delante para realizar nuestros objetivos.

Las Actas del Capítulo General son un viático, es decir, un alimento para el camino, que debe nutrirnos suculentamente para que podamos avanzar con paso firme y resuelto. “A vino nuevo, odres nuevos. Para  que Cristo  hable a los hombres y mujeres de hoy”. Quisiera glosar con vosotros dos actitudes que me parece necesario promover para que nuestro caminar esté marcado por el gozo del Evangelio y  para fortalecer nuestro dinamismo misionero.


Un pueblo en salida

En primer lugar, me parece útil desarrollar una espiritualidad del Éxodo. El  Éxodo es una salida, es decir, un desplazamiento desde la casa de servidumbre hacia la tierra prometida. Somos un pueblo en marcha, un pueblo que avanza hacia su liberación  y que busca la Patria:  el Reino de Dios. Salir es, como pide el Papa Francisco, ir al encuentro del otro, ir a las periferias de la vida. Para eso, hay que aceptar despojarse de las propias certezas  y tranquilidad para situarse frente a la novedad del Espíritu. Dios no cesa de hablar al mundo hoy. Es necesario que estemos a la escucha.

La primera salida que hemos de efectuar es la salida de nosotros mismos. Jesús nos ha hecho ver, por su encarnación, que Dios mismo estaba en salida. "Salí del Padre y vine al mundo" (Juan 16, 28). Dios ha venido al encuentro de nuestra humanidad, y la Navidad nos lo recuerda. Ese mismo movimiento nos impulsa a nosotros hoy a salir de nosotros mismos. Ir al encuentro del otro requiere un verdadero esfuerzo de apertura a lo inesperado. Debemos aceptar este proceso para ser configurados con  Cristo. Con  frecuencia los creyentes permanecen cómodamente instalados en  sus certidumbres. Nos cuesta desplazarnos, cuestionarnos, cambiar. Pero sin eso no  es posible la vida. Salir de sí  mismo es dejarse transformar por el encuentro con los demás. Es urgente que ejecutemos ese movimiento para reavivar nuestra fe. La Asunción debe optar por el diálogo. Hemos dicho que queríamos trabajar por la unidad en un mundo dividido,  y eso requiere estar abierto a todos. Aprender a dialogar en comunidad, en Provincia, en Iglesia es una necesidad vital.

La salida también está eminentemente relacionada con nuestro dinamismo misionero. Salir de sí mismo es convertirse en apóstol, enviado para la Buena Nueva de la salvación. En los próximos años, habremos de recuperar la llama apostólica que movió a Manuel d'Alzon en su tiempo.

La segunda salida concierne a la Iglesia en su conjunto. No podemos permanecer en la cálida tranquilidad de nuestras instituciones por  muy venerables que sean. Como dice el Papa Francisco, la Iglesia está en salida hacia el mundo, enviada en misión para anunciar la Buena Nueva. Cuando el Papa dice que "el tiempo es superior al  espacio" (Evangelii  gaudium,  Nº  222-225) nos está recordando que  hemos  de  trabajar por  largo tiempo, sin estar "obsesionados por los resultados inmediatos". Para ser fieles a esta llamada, se nos pide que avancemos con opciones claras y con tenacidad. Dejar los  caminos  trillados  para  explorar  nuevos territorios, eso también es ser misionero.

El sendero que tomamos está aún por explorar, pues avanzamos desde la fe, paso a paso. Y en muchos caos está sembrado de asechanzas  y de obstáculos; pero nosotros no desesperamos. No estamos solos en  el  camino. Hay  exploradores, hermanos que avanzan más rápidamente que otros, pero que están ahí para guiarnos y orientarnos. Mi deseo es que estemos a la escucha de los profetas que Dios nos envía, también hoy, para estimularnos  y alentarnos a caminar a buen paso. Miremos bien en el seno de nuestras mismas comunidades para  detectar  en  ellas a  esos  profetas  –que  nos mantienen despiertos– que nos exhortan a no bajar los brazos y a proseguir nuestros esfuerzos.

La Iglesia Católica vive hoy, como en tantas otras ocasiones a lo largo de su historia, un período de convulsiones fundamentales. Los cuestionamientos son profundos y la distancia  que nos separa de nuestros contemporáneos parece aumentar día tras día. Frente a esta "deriva continental" –el continente de la fe frente al de la ignorancia, la indiferencia  y la incredulidad– hemos de movilizarnos. Pero para hacer frente a los nuevos desafíos no podemos contentarnos con repetir las respuestas del pasado. Sólo podremos mantener nuestra relevancia evangélica explorando, en un discernimiento comunitario, propuestas inéditas iluminadas por el Espíritu. El Capítulo nos ha pedido que busquemos odres nuevos para traer el vino del Reino. Es urgente que nos pongamos a buscar esos odres nuevos a fin de apagar la sed de nuestros contemporáneos.

La espiritualidad del Éxodo es apertura a la novedad y  al asombro. Si Dios lo hace todo nuevo, nosotros estamos llamados a descubrir esta novedad en lo cotidiano de nuestra existencia. El Capítulo ha trazado orientaciones importantes para que nuestros apostolados trabajen en pro de la unidad. Se nos ha pedido que breguemos en el campo de la educación. Invito a cada una de las Provincias a que vean cómo traducir de manera concreta la intuición del Padre Manuel d'Alzon en los países donde estamos implantados. Y, ya que la Asunción está muy presente en parroquias, debe tener una vigorosa ambición de promover una educación integral. Estar en Éxodo  es  explorar nuevas formas  de  fomentar  esta  ambición educativa. ¿Cómo llegar a los más pobres, a los excluidos de la globalización, a los pequeños de nuestra sociedad? No  podemos contentarnos con lo que ya existe. La red de escuelas rurales de Tulear es, en este sentido, un hermoso ejemplo de solicitud evangélica por la educación en Madagascar.  Los religiosos que estuvieron en el origen de  esta iniciativa vieron la miseria de  aquellas gentes y buscaron la manera de ayudarles a salir de ella. La idea de fundar "escuelas debajo del árbol" ha hecho posible escolarizar a miles de niños. La obra continúa hoy, y sigue desarrollándose.  El ISEAB, en el Congo, también ha sido una realidad nueva para que los jóvenes del Kivu-Norte tengan acceso a estudios superiores de  calidad. Nuestros hermanos del Congo se han mantenido firmes a pesar de los muchos obstáculos que encuentran para realizar su proyecto. Tales iniciativas merecen ser alentadas. Debemos aprender a "ver la miseria" del pueblo, como Dios mismo lo hizo, y contribuir  a apoyar su progreso hacia una siempre mayor dignidad y felicidad.

También tenemos que estar presentes en el "continente digital". Los nuevos medios de comunicación social son lugares aptos para recibir la Buena Noticia, como el Ágora de Atenas en tiempo de San Pablo. Debemos dar prueba de creatividad  y de iniciativa. En el siglo XIX la Asunción supo volcarse en el campo de la prensa y las publicaciones.  ¿Seremos capaces hoy de inventar caminos nuevos para llegar a nuestros contemporáneos? La prensa, especialmente con Bayard, sigue siendo una prioridad de toda la congregación. Los jóvenes  religiosos deben  formarse  en   las  profesiones  de  la comunicación  y en el periodismo. Es urgente que implantemos con solidez nuestra obra de comunicación en África, en Asia, y allí donde sea posible.

La espiritualidad del Éxodo consiste también en desarrollar una esperanza inquebrantable. Avanzamos poniéndonos enteramente en las manos de Dios, que vela por nosotros y nos guía a través del Espíritu.

En  definitiva, si   fuera  necesario reforzar  aún  más  esta espiritualidad del Éxodo en nuestras vidas asuncionistas, yo diría que se  trata  de  una  "salida misionera" como  lo  especifica Evangelii Gaudium (E.G. N° 111).

“La  evangelización es tarea de la Iglesia. Pero este sujeto de la evangelización es más que una institución  orgánica y jerárquica, porque es ante todo un pueblo que peregrina hacia Dios.  Es ciertamente un misterio que hunde sus raíces en la Trinidad, pero tiene su concreción histórica en un pueblo  peregrino  y  evangelizador,   lo  cual  siempre  trasciende  toda necesaria expresión institucional”.

Nuestro  patrimonio asuncionista nos  ofrece la riqueza de nuestra vida comunitaria. Es urgente resituar la comunidad en el corazón de nuestra actividad evangelizadora.  Ella es el verdadero sujeto misionero. "La comunidad apostólica", como la llamamos, es mucho más que la  suma de las responsabilidades  que llevan los individuos, por muy generosos que sean.


Vivir un espíritu plenamente católico

La segunda actitud que me parece importante fomentar y renovar es nuestra pertenencia al espíritu católico, aquel espíritu que animaba visceralmente a nuestro fundador. Se trata de ser capaces de pensar, discernir, actuar “según el todo”, kat'holon,  como reza el griego. Los cristianos creen que el acontecimiento que tuvo lugar en Jesucristo atañe a toda realidad, a todo ser humano y  a todo lo humano. El espíritu católico nos enseña a ver grande y amplio, y a comportarnos como miembros de un Cuerpo. Este Cuerpo es más grande que la suma de las partes que lo componen. El texto que puede iluminarnos  y guiarnos para comprender lo que aquí preconizo es la constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, Lumen Gentium:

"En virtud  de esta catolicidad, cada una  de las partes  colabora con sus dones propios con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una  de las partes aumentan a causa de todos los que mutuamente  se comunican y tienden a la plenitud en la unidad"  (Lumen Gentium, 13).

Nuestra congregación lleva ya varios años trabajando sobre este tema. El  Capítulo General de  2005 había elegido el tema “Muchos dones en un solo cuerpo... para que el mundo crea”. Se trataba ya de avanzar en esta problemática de la unidad y la diversidad. La  Alianza Laicos-Religiosos  ha  facilitado que  hayamos hecho progresos en el ámbito de la catolicidad. Al asociar a los laicos de la Asunción a nuestras diversas actividades e instancias de reflexión, hemos ganado en espíritu católico. Por otra parte, se han fortalecido considerablemente diversas formas de colaboración entre Provincias. Finalmente, la instauración del Consejo General Plenario de  la congregación ha permitido consolidar un espíritu marcado, cada vez más, por la corresponsabilidad  y la solidaridad.

La Asunción es un cuerpo internacional   y multicultural.  El respeto por la diversidad  y la resistencia a la homogeneización de las culturas son más necesarios que nunca. Comencemos a vivir este espíritu católico en comunidad. Pienso, en primer lugar, en nuestras comunidades  internacionales de  formación.  Hemos  tenido  la satisfacción de constituir oficialmente comunidades así en Kinshasa, Nairobi, Ouagadougou y  Buenos Aires. Otras creaciones se encuentran en proceso de reflexión, pero es primordial trabajar para inculcar el espíritu católico en la formación de los jóvenes religiosos: ese espíritu que hace posible la acogida del otro y contribuye a la búsqueda del bien común para la proclamación del Evangelio. Los puntos de vista opuestos son fructíferos y creativos cuando no se alejan de la unidad del conjunto. Aprendamos todos a vivir esta "unidiversidad" tan querida de San Francisco de Sales.

El espíritu católico ayuda a forjar el sensus fidelium,  que no es fruto de un proceso democrático sino consecuencia de una coherente escucha del Espíritu Santo en fidelidad a la Tradición.

La Asunción tiene un patrimonio muy valioso que nos viene de nuestro querido fundador, el Padre Manuel d'Alzon.  El  sentido católico era innato en él, aunque en su tiempo tuviera una dimensión más confesional  que hoy para nosotros. Recuperemos el celo de nuestro fundador por vivir apasionadamente la catolicidad hoy.

Pensar "según el todo" significa no limitar la mirada al espacio de vida que nos es habitual. Significa  abrir bien los ojos para ir siempre más allá de nuestros hábitos de vida y  de pensamiento. Significa también ser fieles al futuro, es decir, estar disponibles para responder generosamente a las llamadas del momento a fin de que "Jesucristo sea conocido y amado".

El crecimiento del espíritu católico en la Asunción pasará también por la renovación de los estudios teológicos. Me parece urgente revitalizar nuestro empeño en estudios de patrística, de espiritualidad, de historia, de exégesis, de dogmática, de liturgia, etc. Me  preocupa  muy  particularmente las  especializaciones  en  los campos del ecumenismo, de los estudios orientales, de la islamología, etc. Algunos jóvenes religiosos ya han puesto “el pie en el estribo” y cabe esperar que les sigan otros.

El espíritu católico nos conduce hacia los pequeños. Tenemos un sentido social que nos hace solidarios de todos aquéllos que están marcados por la crudeza de estos tiempos. El verdadero católico se compromete  en  pro  de  un  mundo  más justo y  fraterno. Y la preocupación por el planeta Tierra es ya una urgencia: no podemos ignorar eso.

Conclusión: ¡caminar con Dios!

Finalmente, para concluir esta carta –que he querido sea breve y no quite tiempo a la reflexión, que debe versar prioritariamente sobre las Actas del Capítulo General– quisiera recordar lo esencial para orientarnos: la Palabra de Dios. Crecer en la espiritualidad  del Éxodo y vivir resueltamente  el espíritu católico nos exige frecuentar la Palabra de Dios a diario. Esto pasa por la lectio divina  personal, pero también por el intercambio fraterno.

¿Por qué no meditar sobre este pasaje del profeta Miqueas?

"Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Yahveh de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad, y caminar humildemente con tu Dios" (Miqueas 6,8).

¡Tomemos, pues, el camino que se  abre ante nosotros  y caminemos con nuestro Dios!


Padre Benoît GRIÈRE a.a
Superior General


Roma, 18 de diciembre de 2017