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Agustinos
de la Asunción




100 años de la Parroquia Asuncionista de Nuestra Señora de Lourdes

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2020-07-31 - Santos Lugares, Argentina

El 4 de julio de 1911, los primeros asuncionistas se instalaron definitivamente en Santos Lugares. La primera comunidad quedó integrada por el P. Román Heitman, el P. Godofredo Pierson y el Hno. María Eustaquio Bach, que compartían la casa con el Pbro. Juan Anzola, iniciándose así una obra que, por designio providencial, sería la de mayor proyección en la Argentina. El P. Pierson había llegado de Chile el 26 de mayo de ese mismo año y el P. Heitman abandonaba de este modo la casa que alquilaba en el N° 636 de la calle Don Cristóbal, en el barrio porteño de Floresta. Algún tiempo después vinieron a Santos Lugares el Hno. Miguel Kleverlaan, llegado a la Argentina el 11 de noviembre de 1913, y el P. Antonio Silbermann (que llegó a Santos Lugares el 8 de agosto de 1914). 

El 31 de julio de 1920, la Capellanía Vicaria fue erigida en Parroquia, y el 11 de octubre de 1922 se puso la piedra fundamental del templo, con la presencia del doctor Luis Cantilo, Gobernador de la Provincia, esposo de otra destacada amiga de la Asunción. Pero el 5 de agosto de 1923, el P. Silbermann, designado Superior de Belgrano, “partió dejando la impresión de otro Peyramale. En algunos años había construido la Gruta, fundado la Parroquia, comenzado la Basílica, impedido muchos abusos, trazado una orientación...”.

En 1924, la Asunción argentina ve partir a la casa del Padre Dios al primer religioso fallecido en nuestro país, el Hno. Miguel Kleverlaan (1882-1924). Llegado el 11 de noviembre de 1913 junto con el Padre Serafín Protin, estuvo en Santos Lugares, donde ocupó el humilde oficio de sacristán y dedicó sus energías aun jóvenes (al llegar a Buenos Aires tenía 31 años) al trabajo de la huerta y otros quehaceres de la comunidad. Yo mismo recuerdo haber oído hablar con cariño acerca de él, 50 años después de su muerte, a alguno de los monaguillos que lo conocieron y a los que él solía alegrar ofreciéndoles fruta de su huerta. Era el apostolado modesto, pero de efectos perdurables, de un hombre de Dios que con su amable sencillez ayudaba a esos niños a descubrir el rostro bueno de Dios.

Fuente: P. Roberto Favre, a.a.