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Agustinos
de la Asunción




Editorial AA Info Enero 2019 - N° 07

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2019-02-22 - Roma

¿Han visto alguna vez el asombro de los niños contemplando el belén de Navidad? Sus ojos brillan de alegría ante el Niño Jesús, María, José y los diversos animales. La sencillez de sus corazones les permite ver la promesa que trae consigo el bebé recién nacido. Con la Navidad, estamos invitados a lo inesperado de Dios que irrumpe en nuestro mundo. El nuevo año está aquí y todos llevamos en nuestros corazones la esperanza de un mundo mejor. La fe en Jesús nos hace aguardar con esperanza la renovación de todas las cosas, porque la Encarnación del Hijo de Dios es el origen de una transformación radical del universo. La creación en su conjunto está llamada a una renovación que la asentará definitivamente en el amor de Dios. Esta es mi esperanza y mi deseo en el umbral de este nuevo año. Rezo para que cada uno de nosotros se deje transformar y metamorfosear por la gracia de Dios.

La Asunción, con una historia de más de 160 años, continúa su camino con sus fortalezas y debilidades. Todos conocemos lo duro que es el camino y sabemos que necesitamos nuevas fuerzas para mantener nuestra marcha. La primera de estas fuerzas radica en nuestra conversión a los valores evangélicos. El religioso sabe que no puede cumplir su misión si no ha sido colmado primero por el poder del Espíritu Santo. Acoger al Espíritu de Jesús es renunciar a los valores del mundo: la sed de poder, la búsqueda de riqueza, el egoísmo y el individualismo, la búsqueda del goce inmediato. La batalla es dura, pero sabemos que Dios está con nosotros y que nunca nos abandonará.

El 33º Capítulo General ha pedido que cada uno de nosotros trabaje por la unidad en un mundo dividido. Esta unidad comienza ya en nuestros corazones. No hay lugar para corazones divididos, es decir, para corazones que no han optado realmente por Dios y su Reino. Pero la lucha también continúa en la comunidad. La división de los hermanos es un antitestimonio del Evangelio y de su llamada a la unidad. Las comunidades asuncionistas deben asumir siempre el reto de la unidad con acciones concretas. Aprendamos a mirar al hermano con dulzura y confianza. Veamos en él a un ser capaz de conversión y de renovación. La lucha por la unidad se libra en la Iglesia, nuestra Madre. La actualidad nos muestra que los retos actuales son colosales. Es importante no rendirse ante las dificultades a las que nos enfrentamos. La renovación a la que estamos invitados requiere una acción decidida para transformar nuestras formas de actuar. Demos más espacio al debate, al diálogo y al intercambio fraterno sobre nuestras ideas y opiniones. Aprendamos a buscar el consenso y estemos dispuestos a llegar a un compromiso. Dejemos también que nuestros amigos laicos nos ayuden a discernir los signos de los tiempos para ser más fieles a Manuel d’Alzon.

El nuevo cielo que se nos ha prometido es el horizonte del Reino de Dios que se desvela poco a poco ante nuestros ojos. Aunque el tiempo esté nublado, sabemos que clareará y que podremos avanzar. La tierra nueva es el mundo reconciliado. Un mundo donde hombres y mujeres viven en armonía y paz. Un mundo de justicia donde todos tienen un lugar. Dios es el Dios de la novedad y de lo inesperado. No encerremos en nuestros cálculos y estrategias el poder de renovación que trajo el niño de Belén. Dejémosle que tome la iniciativa, porque puede llevarnos mucho más lejos de lo que podemos esperar.

Por tanto, mantengamos intacta nuestra capacidad de maravillarnos: Dios hace todas las cosas nuevas. Trabajemos con él para renovar nuestro mundo. ​